jet lag

Cuando digo que me gusta viajar no me refiero a que me guste ir a lugares soñados, aunque también. Me refiero a que me gusta ese estado de tránsito, de impass, de sucia gasolinera perdida en una llanura, de estación de autobuses en hora punta, de empujones en pasillos de tren, de horas de paisajes que te muerden desde la ventanilla, de colas frente a taquillas, de búsqueda de aburridas calles desconocidas, de estravíos de billetes y de cafés de avión.
Durante el viaje de vuelta no encuentro palabras mediante las que pensar.
El sol se derrite suave y solo querría quedarme a vivir en esta estación de servicio que brota entre amarillos y límites de velocidad.
En la parte derecha de mi cabeza retumba incesante la caida en picado desde una dulce y extraña cuerda de noche de funambulista
En la piel llevo la sal, el sol, un par de apretones honestos de algún alemán perfecto pero buena gente, los abrazos de R (que por suerte ha sabido convertirse en un amigo al que por suerte he sabido conservar) y las caricias de S, siempre luminosa.
En el centro del pecho un hueco. El hueco más grande del mundo invadido de almendras, luces de ciudad, bocadillos enormes de cuando eramos niños, canciones perfectas, y 8 minutos tramposos. Un hueco del que solo mis mano consiguen hablar. Un hueco que añora palabras y cercanías quizás imposibles. Un hueco que duele y no sé porqué, será porque no encontré el azucar pero sí el origen de ese olor que me llevé clavado en el sujetador.
En los ojos me traigo más horizontes, la serenidad de las olas, y mil millones de alegrías.
Los pies descalzos para intercambiar cosquillas con quien espera mi vuelta.

2 Comments:
Ya decía Antonio Machado:
“Es el placer de alejarse.
Lo peor es la llegada...”
Pero siempre el regreso es más pleno si uno se trae recuerdos agradables, horizontes, serenidad de olas y alegría.
Aunque algún hueco duela.
Justo como la vida, que no deja de ser también un viaje.
Muy bonito.
Un beso.
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